lunes, 15 de julio de 2019

Manual del buen directivo

Aprovechando que estamos en verano, un divertimento sobre el buen liderazgo en el mundo laboral que circulaba por Internet hace siete años... Desgraciadamente desconozco el autor, así que no puedo acreditarlo.

  • Deslidere, que es lo que se lleva. Ya somos todos mayorcitos y cuando se contrata a alguien, este debe contar con que él solito hará equipo, se motivará y sabrá en todo momento lo que debe hacer. Autosuficiencia, que para eso recibe un sueldo a fin de mes, de modo que nada de hablar con él, explicarle nada, ni estar atento a sus talentos. Con que haga siempre e inmediatamente lo que usted le diga, incluso cuando una orden contradiga a la anterior, todo irá sobre ruedas. Y si alguien pide a gritos un poco de liderazgo, habrá que atarle en corto, no sea que nos salga débil, o lo que es peor ¡líder!
  • Desinnove y que arriesguen otros. Lo que ha funcionado siempre es lo que funcionará… siempre. De modo que para qué estrujarse la cabeza y sobre todo, tomar riesgos. Además, innovar requeriría formarse. No hay tiempo para todo eso, lo importante es hacer caja y dejarse de pamplinas. Que inventen otros y si funciona, lo copiamos y a correr.
  • No mire hacia los lados, ni por supuesto hacia arriba o hacia abajo: mire de frente, como las mulas. Esa especie animal arrastra una fama inmerecida; al fin y al cabo, su terquedad es una virtud, ya que le permite alcanzar siempre su objetivo, aunque eso suponga caerse de vez en cuando por algún barranco, o quedarse sin piernas. Hay que seguir el camino trazado y no desviarse, ni distraerse con otros posibles modos de hacer las cosas o señales equívocas, seguramente emitidas por algún descarriado o por la competencia. Nada, ni caso, si así se ha hecho siempre, por algo será.
  • No escuche segundas opiniones ni contraste pareceres. Usted ya sabe de sobra cómo se hace todo y por supuesto es consciente de que es el resto quien está equivocado.
  • No se comunique, es una pérdida de tiempo. A buen entendedor pocas palabras bastan, de modo que deje que todos adivinen siempre lo que quiere, de hecho, ya deberían saberlo. Además, a fuerza de hablar se desgastan las palabras y se genera confianza, que es lo último que necesita ya que daría pie a los demás a expresar ideas sin importancia que no le aportarán nada. Escuchar es una pérdida de tiempo, sobre todo cuando se sabe que se está en posesión de la verdad absoluta. Ah, y que tampoco hablen entre ellos, no vayan a perder tiempo.
  • Si surgen imprevistos, busque un culpable y lo encontrará. Las cosas son como son, de modo que para qué adaptarse o ser flexibles. Dicte sus normas y procesos y no los cambie jamás. Y si aún así, choca con una realidad no acorde a las mismas, que cambie la realidad o directamente vaya pensando en cambiar a unas personas por otras, al fin y al cabo ya sabe desde el principio que el mundo está lleno de inútiles y esos, y no usted, son quienes bloquean las situaciones. Y no hay excusas que valgan.
  • Desmotive, que es siempre más rentable, y hasta más divertido. Además, cómo si no íbamos a descubrir quién es realmente fiel a nosotros y a nuestros principios. Mantenga siempre la tensión, de modo que cada cual ocupe su puesto y se exprima para mantenerlo, y la competencia, pues en la lucha descarnada se obtienen los mejores botines. Nunca tenga una palabra de agradecimiento, o reconocimiento, por una parte no se premia lo que es debido y por otra, se evitará transmitir señales de debilidad. Y los débiles son los otros, ya se sabe.
  • Atemorice a sus equipos, en el miedo está el poder para hacerles más productivos. No se permita gestos de confianza o acercamiento, cada cual debe ocupar su lugar y cumplir con sus funciones. Estamos aquí para trabajar, no para hacer amigos. Si el miedo se huele en el ambiente, es que hay buen caldo.
  • No se organice ni organice a los demás. Producir, producir, producir; es de lo que se trata, no importa cómo ni cuándo sino cuánto ¡Más madera! Que cada cual encuentre su lugar y cumpla su cometido para que la producción crezca, y si alguien falla, se le sustituye sin problema. Será por gente, con la que está cayendo.
  • ¿Quién se inventó esa historia de la felicidad en el trabajo? Eso son pamplinas, “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, ya lo dicen las Sagradas Escrituras. Si el trabajo diera la felicidad, no sería trabajo y por lo tanto no sería productivo ni generaría riqueza. Ya serán felices cuando perciban su sueldo a fin de mes; mientras tanto, a trabajar.
  • Al enemigo, puente de plata. Haga suya cada día la sabia amenaza de “y al que no le guste, ahí tiene la puerta”. Son los demás los que tienen que hacerlo todo para complacerle, al fin y al cabo, es usted quien les dirige, le necesitan y harán lo que sea oportuno para retenerle. Porque claro, ¿qué harían ellos sin usted? Pobrecitos, si se lo deben todo. Por eso, aunque la puerta está abierta, no se irán ¿dónde van a estar mejor que aquí?
  • Y finalmente, sea realista, todo va siempre a peor, de modo que no se distraiga ni deje que nadie pierda el tiempo con formalismos y amabilidades. El futuro es siempre negro, lo es ahora, pero también lo era antes, y lo será mañana. De modo que haga acopio de todo y no regale nunca nada, podría necesitarlo en breve. Además, los demás están siempre al acecho para quitárselo todo. Desconfíe, están observándole, le envidian, le persiguen…

domingo, 14 de julio de 2019

La gran depresión, la tormenta de polvo y la madre migrante.


Dicen que la historia la escriben los vencedores. ¿Pero qué ocurre cuando todos pierden, cuando nadie sale victorioso y, aún así, hay que escribirla? Merece la pena que visitemos la pequeña y miserable historia de una grandísima fotografía, pilar del fotoperiodismo e icono cultural de Estados Unidos, y por obra y gracia de su influencia y su dominio de la cultura global, de la humanidad.

Tumba de Florence Owens Thompson (Jay Lance, 2015)
En el mes de marzo de 1936 Florence Owens Thompson, Jim Hill (su pareja desde hacía dos años) y sus hijos se detuvieron por casualidad en un campamento de temporeros que recolectaban guisantes en las afueras de Nipomo, California. Una avería en la cadena de distribución de su coche les obligó a interrumpir su viaje hacia un nuevo trabajo en los campos de Pajaro Valley. Se sorprendieron al ver que en el improvisado campamento había mas de 3.500 personas. En el transcurso de la reparación se perforó el radiador, que dos de sus hijos llevaron a Nipomo para soldarlo y continuar con su viaje. En esta obligada pausa apareció la fotógrafa Dorothea Lange, que trabajaba para el gobierno federal documentando a los afectados por el desastre medioambiental de las grandes praderas, conocido como el cuenco de polvo (Dust Bowl), atraída por el tosco cartel del campamento. Hizo seis fotografías de Florence y sus hijos con su cámara Graflex serie D y se fue sin siquiera conocer el nombre de la mujer fotografiada. Una de las fotografías pasó a la historia con el nombre de "Madre migrante", no sólo por la impresión que causó sino por la inmensa desgracia que hacía aflorar, al punto de convertirse en el icono de la gran depresión.

Pero ni Florens Owens era víctima directa de la gran depresión ni había sido expulsada de la grandes praderas por el desastre del cuenco de polvo, a diferencia de la mayoría de los ocupantes del campamento improvisado en el que fue fotografiada. La versión de Dorothea Lange es muy distinta de la sostenida por Florens y su familia: según Dorothea estaban muertos de hambre y tuvieron que vender los neumáticos de su coche para sobrevivir. Residentes en California desde hacía una década, Florens y su familia eran temporeros, en camino a un nuevo trabajo de recolección. Eran pobres, pero no estaban hambrientos ni desesperados ¿Por qué Dorothea Lange, que trabajaba en la documentación de este colectivo a cargo del gobierno, dio una versión tan discutida por los protagonistas?


Dorothea Lange (Rondal Partridge, 1936)
Dotada de un fino olfato para la autopromoción, Dorothea envió las fotos a un periódico de San Francisco. Sabía que tenía un tesoro en sus negativos. Y así fue; el resto es historia. Errónea y manipulada, pero así es la historia: en parte realidad, en parte ficción creada por sus narradores.

Es curioso y trágico, a partes iguales, que la historia de la gran depresión, de la que esta foto es iconografía, haya enterrado la del cuenco de polvo, uno de los mayores desastres ecológicos del siglo XX. Fue su causa la sobreexplotación agrícola de las grandes praderas en los años 30, gracias a la aparición de los tractores mecánicos que araban más y más profundo para aflorar la tierra húmeda y fértil. Bastó un largo periodo de sequía (pero no inusual en este territorio) para desencadenar el desastre. Las grandes tormentas de polvo que diezmaron el suelo cultivable, junto a la migración forzosa de tres millones y medio de habitantes de la zona afectada, son sus dos grandes señas de identidad.

Al coincidir con la gran depresión, el cuenco de polvo se ha quedado sin lugar en la mente colectiva de la sociedad moderna y su lección medioambiental condenada al olvido. Por contra, de la gran depresión surgieron lecciones valiosas sobre economía política que siguen aplicándose en la actualidad. En gran medida, por la difusión de una sola imagen que poco tiene que ver con ambos sucesos. ¡Qué ironía!


Madre migrante (Dotothea Lange, 1936)






miércoles, 20 de septiembre de 2017

Hache-E-I-Efe

Hoy, millones de personas están descargando iOS 11, la renovación anual del sistema operativo de Apple para dispositivos móviles. Prácticamente desapercibido se incluye un cambio que marca el comienzo del fin para el formato digital de imágenes estáticas más famoso de la historia: el jpeg, que lleva con nosotros desde 1992.

Desde hoy, todos los dispositivos móviles Apple a partir del lanzamiento del iPhone 7 ya no crearán fotos en formato jpeg, sino en el nuevo HEIF. Habida cuenta que Apple vende 250 millones de cámaras cada año, entre teléfonos, tabletas y reproductores de música, el cambio de formato está más que asegurado; sólo es cuestión de tiempo.

Pero si jpeg nos ha servido tan bien, ¿por qué cambiar? Pues porque 25 años es mucho tiempo en el dominio digital. Nada es igual, ni parecido, a como era entonces. En particular, las tecnologías de compresión de datos han avanzado, así como la potencia de los procesadores actuales está a años luz de lo que teníamos entonces. Lo que en el siglo pasado era una tarea muy pesada en términos de cálculo, y por lo tanto lenta con los chips disponibles, ahora se puede hacer casi instantáneamente, lo que permite aplicar a las imágenes fijas algoritmos más eficientes, tanto en la calidad de la imagen como en el tamaño del fichero. Resumiendo: HEIF almacena una imagen en la mitad de espacio que su equivalente jpeg de la misma calidad y resolución.

Pero las ventajas no acaban ahí. Permite almacenar una sola imagen, una colección de imágenes que se pueden reproducir formando una animación al estilo de los GIFs, soporta hasta 16 bits de información por color (frente a los 8 del jpeg) y permite algunas funciones de edición en modo reversible, como el giro y el recorte.

¿Esto no será otra movida de Apple, que luego abandonará cuando no le convenga? Realmente no; este formato ha sido desarrollado por el Moving Picture Experts Group (MPEG), una referencia en el mundo de los estándares del vídeo. De hecho, HEIF tiene una conexión directa con el estándar de codificación de vídeo HEVC, más conocido como H.265 (lo siento, la sopa de letras no es responsabilidad mía). Que los formatos de imagen estática y en movimiento tengan un origen común no es casualidad, sino un ejemplo de la convergencia de ambos mundos.

Con semejante pedigrí, el formato tiene sólidas raíces que le auguran una larga vida. Y con el soporte de Apple en sus dispositivos móviles presentes y futuros, su expansión está garantizada. Ahora sólo falta que Adobe desde el lado de la edición y los navegadores desde el lado de la visualización le den soporte para que su implantación sea definitiva y enterremos dignamente al jpeg.









domingo, 2 de julio de 2017

¿Estás protegido contra el secuestro de tu archivo fotográfico?

Robert Emerson Landsburg estaba el 18 de mayo de 1980 a las 8:32 horas en las proximidades del monte Santa Helena, situado en el estado de Washington (EE UU), documentando con su cámara la reciente actividad volcánica que se manifestaba en emisiones de vapor que, junto con temblores de tierra, se habían sucedido durante los dos meses previos. La brutal erupción que se produjo en ese instante se calcula que tuvo una potencia equivalente a 500 bombas atómicas y produjo una enorme nube de ceniza y la destrucción de la cara norte de la montaña.

Viendo la enorme avalancha de ceniza ardiente que se acercaba a gran velocidad, Robert decidió que no había escapatoria posible, siguió haciendo fotos y con una increíble sangre fría en el último momento rebobinó el carrete, lo guardó cuidadosamente en su mochila y la protegió con su cuerpo. Así se encontró su cadáver. Se reveló el carrete y se salvaron algunas fotos, como las dos de la izquierda que muestran lo que vio antes de morir.

Sin llegar a estos extremos (¿cuántos de nosotros protegeríamos nuestras fotos con el cuerpo, aún a costa de perder la vida?), tenemos que ser conscientes que nuestro trabajo, nuestra afición y, en definitiva, nuestra pasión por la fotografía se acaba convirtiendo en archivos digitales. De entre las múltiples amenazas que afectan a su conservación, últimamente se oye hablar mucho del secuestro de datos (ransomware), que consiste en el cifrado de los datos del ordenador infectado por un programa malicioso y la posterior petición de un rescate en dinero para facilitar a cambio la clave de descifrado. Aunque se pague el rescate, no hay garantía de que envíen la clave de descifrado o que ésta funcione correctamente, lo que equivale a la pérdida definitiva de todos los archivos afectados.

¿Qué ocurriría si un día enciendes tu ordenador y te encuentras con un mensaje que advierte del cifrado de todas tus fotos? ¿Estás preparado para esta situación?

En los cursos de fotografía que imparto regularmente me sorprende la poca atención que se presta a la conservación y protección de las fotografías. Es verdad que apenas hay fotógrafos que no hagan copias de seguridad de sus archivos, pero muchas veces no se hacen con la frecuencia o el método adecuados. Para esta tarea aconsejo utilizar un disco externo como destino de la copia y un programa que automatice el proceso. Desgraciadamente, el secuestro de datos puede invalidar esta protección si no tenemos la precaución de mantener apagado el disco donde se almacenan las copias de seguridad, ya que el secuestro de datos cifrará los archivos de todos los discos conectados en el momento del ataque.

¿Cómo tenemos que adaptar la estrategia para la conservación de nuestros archivos fotográficos ante este nuevo tipo de ataque?

Primero. Pongámonos en la peor situación posible: el secuestro de datos se llega a producir. Por mucho antivirus (que cada vez son menos eficaces) o por mucha precaución que tengamos a la hora de gestionar el correo o de acceder a páginas web, no podemos tener la seguridad absoluta de estar protegidos. Al igual que pueden robar nuestra vivienda o nuestro coche, ser atracados en el cajero o ser víctima de cualquier otro delito contra nuestras pertenencias, pueden secuestrar nuestros datos. La seguridad absoluta, física o digital, no existe.

Segundo. Mantengamos al mínimo la información accesible al atacante, ya que los ficheros que no son accesibles no pueden ser atacados. Aparte del disco del sistema, imprescindible para que funcione el ordenador y que siempre está conectado, llevemos la información importante que no sea de acceso diario a discos duros externos, que sólo conectaremos cuando tengamos que acceder a su contenido y apagaremos una vez hayamos finalizado lo que tuviésemos que hacer. Dado que los fabricantes ahorran en cosas inverosímiles para reducir el coste de fabricación de sus productos, la mayoría de los discos duros externos carecen de interruptor, por lo que es imprescindible conectarlos al suministro eléctrico a través de una regleta con interruptores individuales para cada enchufe. De esta forma los podremos encender y apagar a voluntad. Siguiendo esta regla, siempre aconsejo ubicar los originales de las fotografías en un único disco externo.

Tercero. Utilicemos siempre un disco externo para que albergue la copia de seguridad de la información importante, conectado de la misma forma que se describe en el punto anterior. Este disco sólo se enciende cuando se va a realizar la copia de seguridad, y se apaga una vez finalizada. De esta forma minimizamos la ventana de tiempo en la que está accesible tanto la información original como su copia de seguridad.

Cuarto. Aún con todas las precauciones expuestas, hay un momento en que un secuestro de datos sería devastador. ¿Lo has adivinado? En efecto, es el tiempo en que se realiza la copia de seguridad, puesto que tanto el disco con la información original como el que contiene la copia de seguridad son accesibles (de otra forma sería imposible hacer la copia). Bien es verdad que las probabilidades de ser atacado justo en ese momento son pequeñas pero ¿por qué arriesgarse si hay una solución a este punto débil? La solución pasa por tener un segundo disco externo para almacenar la copia de seguridad. Una buena opción es elegir un disco duro portátil, alimentado por la conexión USB, en el que hacer las copias con una frecuencia menor que en el disco del tercer punto, y que se puede almacenar en una ubicación física distinta si queremos protegernos de la pérdida del ordenador y los discos duros externos por robo o incendio. En el momento de conectar este disco duro para hacer la copia de seguridad sólo necesitamos tener accesible el disco en el que reside la información original. El disco que utilizamos para las copias de seguridad habituales estará apagado y portegido.

Hay muchas variantes posibles de esta estrategia, pero siempre respetando que nunca estén conectados simultáneamente los tres discos involucrados: el que contiene la información, el que se destina a las copias de seguridad habituales y el que se destina a las copias de seguridad esporádicas. De esta forma podremos rescatar nuestras fotografías (o al menos su gran mayoría) si sufrimos un episodio de secuestro de datos.

sábado, 17 de junio de 2017

El Nikonista debe preocuparse

No hay que mirar mucho para encontrar a un nikonista, nombre coloquial que se le da en el mundillo de la fotografía a un usuario de equipo Nikon. La tradición de esta marca es legendaria, a un nivel que pocas empresas pueden alardear de tener.

Pero la fotografía es un negocio, y sus empresas, sin ventas y beneficios, languidecen y desaparecen. Tras la enorme embestida que sufrió el sector con la llegada de la digitalización, el subidón en las ventas y la revalorización de la fotografía como entretenimiento de masas, Nikon consiguió mantenerse en la más alto compitiendo de tú a tú con el gigante Canon, gracias en parte a una inteligente gestión de la compleja transición tecnológica a la fotografía digital.

Pero el tiempo pasó, inexorable, y llegó la segunda ola de la digitalización, esa que ningún fabricante del sector supo ver: la universalización de la cámara fotográfica como parte de los dispositivos móviles. Las consecuencias han sido terribles, la caída de las ventas, abismal, y la vuelta del sector a las cifras anteriores a la digitación, devastadora. No voy a extenderme sobre las causas porque no aporta nada relevante al tema tratado aquí, pero al menos citaré una muy relevante: la incapacidad de las cámaras fotográficas para integrarse en el mundo hiperconectado de las redes sociales.

La crisis actual ha pillado a Nikon celebrando su centenario. Amarga celebración, pues. Las ventas caen año tras año en sus dos actividades más importantes, fotografía y litografía para la fabricación de semiconductores. En la memoria financiera del ejercicio que finalizó en marzo de 2017 leemos:

"El grupo Nikon quiso asegurar crecimientos futuros basándose en la actualización del plan de dirección a medio plazo, anunciado en el año 2015, con la intención de convertirse en un grupo empresarial capaz de mantener un crecimiento sostenido mediante una mezcla de sus sectores tradicionales y de otros nuevos, orientados al crecimiento. Sin embargo, la división de litografía para semiconductores sigue arrojando pérdidas mientras que la división de productos para la imagen se enfrenta a un mercado que decrece más rápido de lo previsto, y el desarrollo de las nuevas áreas de negocio no está dando los resultados esperados.

Debido a estas circunstancias hemos cancelado el plan referido y en su lugar se ha puesto en marcha una reestructuración. Con la intención de aumentar nuestro valor corporativo, hemos cambiado de una estrategia que aumente la facturación a otra que aumente el beneficio."

Dicho claramente: tenemos que sacar más beneficios con menos ventas, año tras año. En este ejercicio las ventas se han reducido un 8,6%. Con las dos principales áreas de negocio tocadas, la de litografía para semiconductores perdiendo dinero y la de imagen perdiendo volumen de ventas, la respuesta de Nikon es todo un clásico: focalizarse en los productos de mayor valor añadido (los más rentables) y reducir costes a saco, incluyendo el despido de personal.

¿Por qué deben preocuparse los usuarios de equipos fotográficos Nikon? Por dos motivos.

El primero es obvio: las empresas que van mal no son dueñas de su futuro. Una venta, una quiebra o cualquier otro suceso similar hace que la continuidad de la marca esté en entredicho. Teniendo en cuenta que la inversión en equipo fotográfico es a largo plazo y depende de diferentes elementos alrededor de un estándar propietario impuesto por la marca, su continuidad es muy importante para el comprador. Desde este punto de vista comprar nuevo equipo Nikon, sea una cámara, un objetivo o un flash, resulta menos atractivo o más peligroso, como se quiera ver.

El segundo puede parecer una contradicción, pero no lo es. Hace falta una gran inversión financiera y tecnológica para que Nikon sea viable en el mundo de la fotografía a largo plazo. Por un lado tiene que resolver de una vez por todas la incapacidad de extraer las imágenes de sus cámaras y publicarlas en las redes sociales con rapidez y facilidad, lo que exige gran cantidad de un software complejo de escribir y caro de mantener. Por otro, tiene que abandonar la tecnología réflex de una vez por todas y evolucionar sus diseños a cámaras sin elementos móviles o muy caros como el espejo, el obturador mecánico de  cortinillas y el visor óptico. Es la única forma de generar beneficios en un mercado en contracción, ya que se eliminan los elementos más caros y complejos de fabricar, ensamblar y reparar. Sony ha marcado el camino con el nuevo sensor que equipa la cámara Alpha a9, un camino que tiene un coste elevado en investigación y desarrollo y que, cuanto más tarde y más despacio recorra Nikon más le perjudicará en el futuro y, llegado el caso, puede desencadenar su venta o su extinción.

Estos retos son importantes incluso para empresas grandes como Canon y Sony. La tarea es mucho más difícil para Nikon, una empresa más pequeña que las anteriores (lo que limita el presupuesto de I+D) y que atraviesa momentos financieros difíciles. La tentación del cortoplacismo está ahí; si Nikon sucumbe a ella, sigue evolucionando tímidamente sus cámaras réflex y no apuesta por la ruptura con la tecnología antigua, su situación no hará más que empeorar.

¿Y qué podemos hacer los nikonistas? La opción más lógica es esperar a ver qué pasa, evitando comprar nuevo material Nikon hasta que quede claro qué camino tecnológico seguirá la empresa para afrontar la era postréflex. La segunda opción consiste en aprovecharse de las ofertas en el mercado de segunda mano, gracias a los usuarios que migren a otras marcas como Canon y, sobre todo, Sony. La tercera opción es adelantarse a los acontecimientos y cambiar de marca, una decisión drástica por su elevado coste en dinero y en aprendizaje.

Toca estar atentos a los acontecimientos y esperar que Nikon pueda superar la crisis. La empresa y sus clientes se lo merecen.

lunes, 20 de febrero de 2017

Grandes portadas: Play

¿Cómo expresar la sutil combinación de control y libertad, de contención y salvajismo, de perfección y espontaneidad que tiene la música de este disco, la gran obra de Moby?

Play (1999) es su disco más conocido, publicado justo en la cumbre del negocio musical, que aunque ya empezaba a notar en sus carnes el mordisco de las descargas ilegales, seguía facturando cifras impensables hoy (38.600 millones de $ americanos frente a los 15.000 mllones de $ del año 2015). Era el fin del canto de cisne de una industria que seguía sin aceptar el cambio fundamental que suponía Internet y que se aferraba a su modo tradicional de producir y distribuir las creaciones de sus artistas.



Quizás por eso, porque había dinero  -y aunque el CD impuso una reducción notable del tamaño de la carátula frente al LP, disminuyendo su impacto visual- Play contó con un diseño muy bien trabajado por su directora artística, Ysabel Zu Innhausen Und Knyphausen (se llama así, lo juro), que eligió para hacer la foto de portada a Corinne Day. La imagen muestra a Moby en pleno salto, con una postura muy forzada, encajonado en la esquina superior derecha y parcialmente fuera del encuadre.

En la esquina opuesta, una mano anónima sujeta un flashímetro (probablemente un modelo fabricado por Sekonic). En medio, un gran espacio negativo formado por una pared verde cierra una composición simple pero efectiva, cargada de la dualidad desmadre-control que impera en el disco: el desparrame de la música electrónica con sus ritmos potentes y repetitivos se complementa con bases de la más diversa procedencia, cuidadosamente arropadas por las melodías de las guitarras. teclados y sintetizadores, todo suavidad y control. Como ejemplo, Run On. Moby toma como base "Run on for a long time", un clásico popular americano interpretado en este caso por un oscuro grupo gospel llamando Bill Landford & the Landfordaires, le añade una gran entrada de piano, una sencilla base rítmica y unos toques sutiles de guitarra, scratch y sintetizador, consiguiendo una puesta al día excelente.

En el vídeo oficial de la canción Moby la acompaña con una delirante historia de muerte y redención que transcurre entre la tierra y el cielo y está narrada al revés. No sé que es mejor, si el vídeo o la canción.

Play es, hasta el momento, el mayor éxito de Moby con 10 millones de copias vendidas y sigue gozando del favor de los publicistas, que aún hoy lo utilizan en sus anuncios. Pero volvamos al tema que nos ocupa, la foto de la potrada y su autora.


¿Quién fue Corinne Day (1962-2010)? Ninguna desconocida para los aficionados a la fotografía de moda, Estuvo en los dos lados de la cámara, primero como modelo (sin alcanzar el éxito, todo sea dicho) y luego, tras conocer al modelo Mark Szaszy que le enseñó el manejo de la cámara, como fotógrafa de moda. Cimentó su carrera en Milán para dar el salto a la revista británica de moda y cultura "The Face" (1980-2004), donde de la mano de Phil Bicker, su director artístico, alcanzó en 1990 una gran repercusión no exenta de polémica por las fotos del reportaje "El tercer verano del amor" en la que retrata a una jovencísima debutante Kate Moss en la antítesis de la foto de moda al uso, entonces cargada de maquillaje, lápiz de labios y retoque de las imperfecciones. La sesión causó polémica porque Kate posó en topless con sólo 16 años, algo impensable en la actualidad. Mirando mas allá de la anécdota, su estilo totalmente rompedor, cotidiano y pretendidamente descuidado revolucionó la fotografía de moda y lanzó la carrera profesional de Kate Moss. Otra muestra de su estilo, también con Kate, se puede ver en el reportaje de la edición inglesa de Vogue de junio de 1993 titulado "Under-exposure"

Pero Corinne es bastante más que una fotógrafa de género. Ella misma se define como una junkie de la cámara. Su visión integral del retrato como forma de narrar la vida personal le hizo pedirle a su compañero sentimental que llevase la cámara al hospital, cuando en 1996 sufrió un ataque en el que perdió la consciencia y se le descubrió un tumor cerebral con el que luchó hasta su muerte. Las fotografías de su libro "Diary" muestran su vida y la de las personas con las que se relacionaba en los 90, en un tono crudo y sin omitir momentos que cualquier otro ocultaría a la cámara. No hay duda que Corinne Day era una fotógrafa rebelde con las convenciones al uso, valiente  y comprometida con su idea y su estilo de narrar visualmente, aunque le supusiese críticas adversas y la incomprensión de una parte de la opinión pública.

sábado, 28 de enero de 2017

Un recuerdo perturbador

El jueves pasado me desperté en la cama de la sala de observación de las urgencias de un hospital. Serían las siete de la tarde y apenas tenía recuerdos de ese día, ninguno fuera de ese lugar. El resto del día había desaparecido y, de momento, sigue igual.

Una caída de la bici con traumatismo craneal leve (gracias al casco, la cosa no fue a más) es la responsable de ese periodo de amnesia que, seguramente, nunca recuperaré. Por la noche, ya en casa y bastante dolorido, trasteando con el móvil veo con sorpresa unas fotos de ese mismo día, por la mañana, unas horas antes de la caída, en la que aparezco en un descanso con los compañeros de ruta en la típica foto de hemos-estado-allí, destinada a ser compartida en una red social y olvidada al instante.



Siempre he valorado al importancia de la fotografía como herramienta para guardar la pequeña e íntima historia de nuestra vida: los lugares y las personas que nos rodean y dan sentido temporal y espacial a nuestra existencia. Creo que son un excelente atizador de las brasas de nuestros recuerdos. Sin embargo, nunca me había visto reflejado en un momento tan cercano como si fuese un completo extraño. sin saber que hice, dije o pensé en aquel momento y en aquel lugar. ¡Qué recuerdo perturbador! No sé si alguna vez volverá a mi memoria lo pasado en esas horas, si ese que me mira desde la fotografía dejará de ser una parte de mí algo extraña e inquietante. Otra dimensión de la fotografía en la que no solemos reparar hasta que se dan las circunstancias precisas.