domingo, 13 de abril de 2014

Fotografía y sostenibilidad: la huella de carbono

Leyendo el interesante ensayo sobre la superpoblación de nuestro planeta "La cuenta atrás", de Alan Weisman, me viene a la cabeza el impacto medioambiental de nuestra afición tan querida: la fotografía.

Hay muchos factores que se deben tener en cuenta a la hora de evaluar el impacto medioambiental de cualquier actividad humana por lo que un cálculo preciso está completamente fuera del alcance de este artículo, pero es bueno reflexionar un poquito sobre el particular.

Está claro que la fotografía, al sustentarse sobre productos y servicios concretos, tiene un impacto en nuestro entorno. Por simplificar, vamos a centrarnos en un aspecto prioritario que ilustra bien el problema: la huella del carbono.

Se entiende por huella del carbono «la totalidad de gases de efecto invernadero emitidos por efecto directo o indirecto de un individuo, organización, evento o producto». Normalmente se suele reparar en el CO2, que es, con mucho, el más preocupante por su impacto en el cambio climático al que estamos abocados.

Algunas de las preguntas que nos podemos hacer son: ¿Cuántas emisiones de CO2 se producen como resultado de nuestra actividad fotográfica? ¿Aumenta o disminuye la emisión global de este gas como consecuencia del paso de la fotografía química a la digital? ¿Es posible disfrutar de nuestra afición y reducir su impacto medioambiental?

La primera es muy difícil de responder, al menos con las herramientas y los datos disponibles. Los fabricantes deberían dar respuesta, ya que son ellos los que tienen datos precisos del consumo de recursos involucrados en la fabricación y reparación de nuestro material fotográfico. Además, intervienen productos y servicios ajenos a la industria fotográfica en el ciclo de vida de nuestras fotografías, como los ordenadores, servidores y sistemas de comunicaciones de Internet sin los que la fotografía actual no se puede concebir.

Lo que sí podemos hacer es calcular nuestra huella personal de carbono (Aquí tienes un ejemplo sencillo de calculadora) y ver qué factores son los que más influyen. De esta forma nos podemos hacer una idea de qué actividades asociadas a la fotografía son las que más consumen. Si, por ejemplo, hago muchas fotos cerca de donde vivo, el consumo de energía eléctrica del ordenador que utilizo para almacenar, editar y publicar mis fotos se lleva la palma. Si, por otro lado, mi estilo de fotografía se basa en viajes largos a países exóticos, es la huella de estos viajes -normalmente en avión- el factor más importante a tener en cuenta.

La segunda pregunta tiene una respuesta clara: "Depende". Si consideramos la huella de una foto, la transición a digital ha tenido un efecto enormemente beneficioso. Piensa que cada carrete de antaño obligaba a su fabricación, transporte a la tienda, desplazamiento del cliente a la tienda para comprarlo, otro desplazamiento para revelarlo, un tercero para recoger las copias en papel, la fabricación y el transporte del papel y de los elementos químicos del proceso, las máquinas del laboratorio, el transporte entre éste y la tienda... ¡y todo para que saliesen bien sólo unas cuantas fotos!

Foto a foto, no hay color: la adopción de la fotografía digital ha tenido un impacto muy beneficioso para el planeta, pero siempre hay un lado oscuro en todo avance tecnológico, y en este caso es obvio: ahora se hacen y conservan muchas, pero muchas más fotos que antaño. Y su uso se extiende más, al disponer de Internet para almacenarlas y distribuirlas. No es apenas conocido y es un dato poco preciso, pero las estimaciones más serias -y optimistas-, indican que Internet consume un 10% de toda la energía eléctrica de la Tierra. Como se puede ver, mover nuestras fotos por Internet no es gratis desde el punto de vista medioambiental.

La tercera pregunta tiene una respuesta algo decepcionante, aunque también positiva. No se trata de dejar de hacer fotos por no contaminar; este principio, llevado a su extremo, produce un resultado inquietante: los muertos son los mejores ecologistas, ya que no consumen y, bien aprovechados, pueden servir de abono y alimento para otras especies. No, no se trata de hacer ecología-ficción, sino de tomar conciencia y utilizar lo que tenemos con mesura, en especial las horas y horas que nos pasamos delante de ordenador en tareas relacionadas con la fotografía. Aquí os dejo algunos consejos que, aunque modestamente, ayudan a mejorar la eficiencia energética y, por tanto, a reducir la producción de gases de efecto invernadero.


  • No compres el ordenador más potente: un i7 no es mejor que un i5 o un i3 a la hora de procesar fotos; sólo un poco más rápido. Cualquiera de estos modernos procesadores mueven las fotografías con alegría; esperar cinco minutos más cuando se importan 400 fotos a Lightroom  no va a arruinar nuestra vida y sí que va a tener un impacto económico y medioambiental positivo en el consumo eléctrico.

  • No dejes el ordenador enchufado horas y horas sólo porque tienes planeado utilizarlo más tarde. Cuando no lo utilices, apágalo.

  • Configura adecuadamente el ahorro de energía de tu sistema operativo. Elige un perfil agresivo a la hora de apagar elementos de tu ordenador que no se utilizan.

  • No aceptes como solución las fuentes de alimentación directamente conectadas a enchufes, como las que llevan los discos duros externos, las impresoras, etc. Instala una regleta con interruptor físico y apágala cuando no utilices estos dispositivos, que son como pequeños vampiros que chupan, poquito a poquito, la energía eléctrica de tu hogar.

  • Desvía tareas de tu ordenador a tu móvil o tableta. Por ejemplo, navegar por internet o gestionar el correo son actividades que se hacen estupendamente en una tableta, decentemente en los nuevo móviles de gran pantalla y a un coste energético mucho menor.

  • Alarga la vida útil de tu ordenador y, si finalmente te desprendes de él y sigue funcionando, dónalo a alguna asociación que lo reutilice para fines sociales. Evitarás el coste de su reciclaje a corto plazo y darás una oportunidad a otros de usarlo.


En fin, muchos pocos hacen algo grande. Entre todos ayudaremos a mejorar nuestra vida y la de los que vienen detrás.

jueves, 10 de abril de 2014

¿Homenaje o plagio?

Ayer ví la última peli del gran Woody Allen, Blue Jasmine, que se podría traducir por "La triste Jasmine". A mitad de película, en la escena del combate de boxeo televisado, me quedó claro que el autor había fusilado el argumento de la gran obra de teatro de Tenesee Williams, magistralmente llevada al cine por Elia Kazan, "Un tranvía llamado deseo". ¿Homenaje o plagio?

De las muchas cosas que la gran película nos dejó, aparte de esa magistral interpretación de Vivien Leight en el papel de Blanche DuBois, está la anécdota de la camiseta interior y su influencia en la moda masculina. La cosa es, más o menos, así: a mediados de los treinta, Clark Gable protagonizó "Ocurrió una noche", comedia nada despreciable y en la que aparecía con el torso desnudo cuando se quitaba la camisa. Tal fue su tirón que se puso de moda entre los hombres prescindir de la camiseta interior como parte de su vestimenta. Pues bien, Marlon Brando se pasa media película vistiendo dicha prenda en el Tranvía y la volvió a poner de moda, para regocijo de la industria textil.

Bien es verdad que Woody Allen puede hacer lo que de la gana en el cine, porque él ha hecho mucho y bien, y nadie le va a dar lecciones en este campo. También es cierta su admiración por el Tranvía, como lo muestra en la escena del despertar del "El Dormilón", cuando el protagonista -Woody, por supuesto- se ve presa de la confusión tras salir de la hibernación y se cree Blanche por unos instantes. Pero me deja un regusto agridulce ver que en su última película, por cierto muy bien hecha, se ha ahorrado el esfuerzo de buscar un argumento. Si tanto le gusta el Tranvía, ¿por qué no rueda una versión de la misma con el nombre de Tennessee Williams en los créditos?

¿Y qué tiene que ver esto con la fotografía? Pues que cada vez resulta más difícil producir una obra de calidad suficiente para alcanzar la fama y el reconocimiento en el mundillo fotográfico globalizado y dominado por Internet, o simplemente ocurre que los fotógrafos jóvenes no tienen la paciencia de dedicar una vida entera a desarrollar un estilo propio que dé lugar a una obra sólida, y prefieren tomar atajos. Uno que me llamó la atención, y que ayer me vino a la memoria, es el trabajo de Mike Stimpson y su recreación, con figuras de Lego, de obras maestras de la h istoria fotográfica. Vale, es una forma simpática e ingeniosa de darse a conocer pero... ¿no resulta algo tramposo?

¿Dónde acaba la sincera admiración y empieza la picardía?

martes, 11 de marzo de 2014

El concepto del activo fotográfico

La digitalización de la fotografía ha cambiado muchas cosas. En este artículo me referiré al cambio en el tamaño y en la naturaleza de los productos de nuestra afición: las fotos. Pero esta vez, voy a enfocarlo desde un punto de vista meramente económico, asimilando las fotos a cualquier otro producto manufacturado.

Para producir nuestras fotografías necesitamos equipo, tiempo, viajes, etc. Son los costes de producción. Todos los fotógrafos los conocen muy bien, pero ¿qué pasa una vez tenemos las fotos en la tarjeta de nuestra cámara?

Aquí empieza otra fase del proceso productivo que nos lleva al producto final: las fotos retocadas, almacenadas, publicadas o impresas. Como si de un activo financiero se tratase, le llamaré Activo Fotográfico.

Como todo activo, tiene unos costes de producción y mantenimiento, y nos da un rendimiento. Si eres fotógrafo profesional, obtendrás ingresos con su venta. Si eres aficionado, el rendimiento no se mide en dinero, lo que no quiere decir que no exista; de hecho, un valor sentimental o estético que puede ser muy elevado para su dueño.

Volvamos a las fotos en la tarjeta. La siguiente fase productiva está clara para casi todos: hay que descargarlas al ordenador y procesarlas. Aquí empiezan las discrepancias: para muchos, el concepto de proceso se reduce al retoque con un programa de edición (Photoshop, Lightroom, Captur One, DPP, Capture NX2, etc.) Pero se puede -y creo que se debe- ir más lejos: el retoque debe ir unido a un proceso de catalogación que garantice dos objetivos: conservar las fotos para el futuro y facilitar su búsqueda. Aquí es dónde la mayoría de nosotros pecamos de optimistas y de vagos, y así nos va: encontrar una foto tomada hace 10 años en medio de una colección de 35.000 suele ser una tarea muy lenta, tediosa y sin garantías de éxito, salvo que hayamos sido rigurosos en el proceso de catalogación.

Y si hablamos de conservar nuestro activo fotográfico, me vienen a la memoria situaciones catastróficas por la ausencia de elementos tan básicos como una copia de respaldo de nuestras fotos. Todavía me encuentro con fotógrafos que ni siquiera tienen protegida su colección de fotos con una copia, o consideran esta tarea poco prioritaria. Supongo que creen indestructible el disco duro de su ordenador. ¡Ay, ay, ay!

En artículos sucesivo volveré sobre este tema, centrándome en aspectos específicos. De momento, baste con levantar la voz de alarma para que nos fijemos en estas tareas y les prestemos la atención que se merecen. ¡Cuida y protege tu activo fotográfico!

viernes, 31 de enero de 2014

Don McCullin, las guerras y los paisajes de Somerset

En este vídeo el gran fotógrafo de tantos conflictos armados, Don McCullin, se muestra muy poco orgulloso de su obra gráfica, dejando claro que prefiere pasar a la posteridad por sus fotografías de paisajes de Sumerset que por su impresionante testimonio de la barbarie y la brutalidad humanas en su máxima expresión, que tan bien ha retratado en blanco y negro.

En apenas tres minutos nos deja un mensaje conciso y contundente: "He malgastado 50 años de mi vida como fotógrafo de guerra". "Cuando una persona se está muriendo o le acaban de herir, ¿necesita que le esté observando con mi cámara? No, yo soy lo último que desea ver".

¡Qué difícil resulta ser espectador de tanto horror sin verse profundamente afectado en lo personal!

lunes, 27 de enero de 2014

Adiós a las réflex

Nota: este artículo lo empecé a escribir a finales de 2011, pero quedó inacabado porque no tenía muy clara la conclusión. Hoy, con todas las dudas despejadas, me animo a publicarlo.

Las grandes revoluciones no se deben a sucesos puntuales, catastróficos, sino a poderosas fuerzas soterradas y duraderas. Nuestra incapacidad para mirar debajo de la superficie de la realidad nos hace ciegos para adivinar cuándo y cómo sucederá el siguiente gran cataclismo.

Este diagnóstico se puede aplicar a muchos aspectos de nuestra vida social. El campo de la evolución tecnológica y su impacto en la sociedad es uno de ellos. Esta introducción viene a cuento al aplicarse a una de las vacas sagradas de la fotografía, uno de esos conceptos, aparentemente inmutables, que han presidido la tecnología fotográfica durante medio siglo: el sistema réflex.

Dotado de una complejidad nada despreciable, su refinamiento ha llegado a tales niveles que ni siquiera el cambio de la emulsión fotosensible por los fotodiodos de los sensores digitales ha alterado en nada su posición superpredadora en la cadena trófica de la calidad fotográfica. Si quieres la mejor foto –técnicamente hablando- tienes que recurrir al sistema réflex.

¿De verdad? ¿Nada ha cambiado para que, allá por 1995, la digitalización de la fotografía no supusiese la semilla de su destronamiento? Cierto es que el torrente de cámaras digitales compactas tomó el mercado al asalto, hiriendo mortalmente a la película, cuyo consumo mayoritario se producía en pequeñas y sencillas cámaras, incluso desechables. Aburridas, también. Los nuevos cacharritos, con su inmediatez concretada en la visión de las fotos recién tomadas en su sencilla pero cuca pantallita, revolucionaron este segmento, el más popular de la fotografía.

Y, sin embargo, las réflex seguían a lo suyo, siendo el santuario de la fotografía seria, tanto para aficionados como para profesionales. Tan inexpugnable era su fortaleza que permanecieron ajenas al cambio de soporte hasta el comienzo del siglo XXI. Y cuando se digitalizaron, lo hicieron siguiendo el camino más fácil, cambiando lo menos posible. El espejo traslúcido (con su correspondiente subespejo trasero) y los tres caminos ópticos que alimentan al visor, al sensor y al sistema de enfoque por detección de fase permanecieron, ajenos a lo que había cambiado. Sólo debieron reducir su tamaño para ajustarse a un nuevo formato, más pequeño que el omnipresente paso universal. El visor óptico y la proximidad de la cámara al rostro configuraban la mejor de las formas de fotografiar, sobre todo en exteriores, que es donde más se ejerce la fotografía.

Así las cosas, en los últimos siete años hemos asistido a una estabilización de la tecnología digital aplicada a la fotografía, con segmentos de mercado estables y bien servidos por unos productos relativamente maduros que han practicado el baile del descenso de precios para regocijo de los compradores. La pirámide del mercado fotográfico empieza por los teléfonos móviles y sus bloques óptico-digitales, compuestos de un objetivo de focal fija con capacidad de enfoque y un sensor acoplado. Una parte del software del teléfono es todo lo que se necesita para que éste pueda tomar imágenes fijas y vídeo, compartiendo los resultados con el resto del mundo a través de las redes inalámbricas, gratuitas o de pago.

El siguiente escalón, bastante aburrido y comprimido entre el anterior y el siguiente, lo forman cámaras compactas que intentan atraer la atención del usuario con todo tipo de extravagancias que les haga merecedoras de un lugar entre la creciente colección de cacharros que quieren acompañarnos allá donde vamos: grandes pantallas táctiles, objetivos zoom de rangos focales imposibles, sistemas de protección que aguanten situaciones extremas de temperatura y presión, haciendo a las cámaras casi indestructibles, geolocalizadores para ubicar las fotos en el territorio... Y todo metido en volúmenes cada vez más pequeños, porque la comodidad de transporte es el factor clave de su atractivo, es su argumento supremo de venta.

Y en la cúspide de la pirámide el Dios Réflex mira con displicencia a los demás, confiado en su poderío, jugando a su antojo con los formatos del sensor (hasta cinco diferentes, si no se mira más allá del paso universal) y construyendo sólidos ejércitos de objetivos, flashes y accesorios. Hasta tal punto que nunca antes se habían vendido tantas cámaras réflex como ahora. Un ejemplo paradigmático de cambio tecnológico que mantiene y refuerza el statu quo existente: “Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi”, celebérrima cita del Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: aceptar, promover y conducir la revolución para perpetuarse. ¿Fin de la historia?

No. Debajo del romance de vino y rosas entre el sistema réflex y la digitalización de la imagen, un poderoso río de lava subterránea está socavando su supremacía, haciendo más y más fino el sustrato de suelo en el que se apoya, hasta que se rompa y llegue su extinción. ¿No me crees? Sigue leyendo.

No es todo felicidad en el mundo de las cámaras réflex. La llegada del vídeo se ha aceptado a regañadientes en este tipo de cámaras. ¿Por qué? Pues porque, de las dos posiciones que puede adoptar el sistema –espejo bajado o espejo subido- la segunda es molesta y sólo se adopta durante breves lapsos de tiempo, para hacer la foto. La inteligencia del sistema se muestra con el espejo bajado. Así es como el fotógrafo compone y la cámara mide la luz y enfoca. Todo está decidido de antemano cuando se levanta el espejo y el obturador de cortinillas verticales se acciona. Con el espejo levantado, la cámara réflex es, admitámoslo con franqueza, tonta. Desgraciadamente el vídeo exige trabajar en esta posición, así que no es de extrañar la incomodidad de los sumos sacerdotes del sistema réflex cuando tuvieron que incorporar el vídeo, con resultados, al principio, no exentos de problemas: enfoque por contraste excesivamente lento (cualquier compacta le da sopas con honda), calentamiento excesivo del sensor, tiempos limitados de grabación, etc.

Al mismo tiempo, un pequeño grupo de cámaras compactas resistía los embates de la banalización por presiones del mercado y procuraban extraer la máxima calidad posible de los pequeños sensores que son imprescindibles para mantener su tamaño. Con la llegada de sensores con menos densidad de elementos fotosensibles, mayor superficie de captación de la luz (como en los sensores CMOS retroiluminados) y electrónica de tratamiento de la señal más y más refinada, sólo quedaba dotarlos de objetivos zoom luminosos y contenidos en su rango focal para dar una calidad de imagen más que aceptable. Notable, en algunos casos. Así nacieron cámaras que han alcanzado categoría mítica, como la Panasonic LX3, la Canon S90/S95 o la serie  Olympus XZ. No llegan, ni de lejos, a las cumbres de calidad y versatilidad de una cámara réflex, pero demostraron que hay vida más allá. Que se pueden diseñar y construir cámaras fotográficas basadas en un concepto radical con un nivel de calidad que atraiga y satisfaga al aficionado experto, al apasionado por la fotografía.

Simultáneamente se producía un fracaso que se iba a convertir en semilla de un éxito. Cosas de la dinámica empresarial del libre mercado: Olympus y Panasonic apostaron su alto de gama a un sistema réflex que dejó indiferentes a los usuarios: el Cuatro Tercios. Total, sólo aportaba una promesa de compatibilidad absoluta que luego no se cumplió del todo, mientras que imponía un formato de sensor más pequeño que el dominante APS-C y, por tanto, una menor calidad de imagen.

Lejos de amilanarse y echar la toalla, el sistema renació bajo el concepto de una cámara compacta sin visor óptico y con objetivos intercambiables, rebautizado como micro Cuatro Tercios. Aunque con cámaras más grandes e incluso con formas similares a las réflex, su corazón tecnológico es un pura sangre compacto. Los modelos se han sucedido y una sana competencia –no complaciente, sino activa- ha refinado los productos y ha puesto de manifiesto que es posible hacer cámaras sin apenas elementos móviles, más fáciles de fabricar, ajustar y reparar. El éxito ha sido tal que todos los fabricantes quieren tener una cámara similar, aunque no cumpla con el estándar micro Cuatro Tercios; ha nacido un nuevo segmento, sin denominación en español (salvo el horroroso término “sin espejo”) y que goza de un divertido acrónimo en inglés: EVIL (malvado), siglas de Electronic Viewfinder, Interchangeable Lenses.

Por otro lado, los fabricantes que quedan fuera del duopolio réflex “Canikon” se han echado al monte y no dejan concepto alguno de la categoría EVIL sin llenarlo de nuevos modelos de cámaras, cuasi experimentales, a ver si encuentran una fisura para sacar tajada erosionando el mercado réflex. Hay tipos de cámaras para aburrir: con objetivos fijos luminosos de focal fija, con forma de telemétricas, con forma de réflex (imitando hasta la forma externa del pentaprisma), con sensores grandes… y cualquier combinación que se te pueda ocurrir.

Tres murallas defienden el castillo donde habita el sistema réflex de las hordas que quieren destronarlo. La primera: la velocidad del sistema de enfoque: el sistema óptico de detección de fase es rápido, muy rápido, siendo el único que garantiza un seguimiento preciso de los sujetos móviles. Por contra, el sistema empleado en las compactas es puramente electrónico y trabaja por detección de contraste sobre la imagen generada por el sensor. Es éste un concepto clave: al trabajar sobre una imagen electrónica, se introduce un ligero retraso que puede resultar fatal allí donde la inmediatez es primordial, como ocurre al intentar enfocar a sujetos en movimiento. El estado del arte nos muestra que la diferencia en velocidad de ambos sistemas de enfoque es casi nula para sujetos estáticos, y todavía grande para sujetos móviles.

La respuesta de las EVIL ha sido doble: por un lado, refinando los algoritmos de enfoque y procesando cada vez más rápido los datos extraídos del sensor. Por otro, introduciendo en el sensor píxeles que emulan los existentes en los sistemas de detección de fase, permitiendo este modo de enfoque. No se sabe cuándo llegarán al nivel de prestaciones de enfoque de las réflex, pero en ello están.

La segunda es la calidad de la imagen mostrada en el visor. El visor óptico de las réflex aprovecha décadas de desarrollo y de mejoras en su calidad, lo que garantiza imágenes precisas, nítidas y amplias, al menos con los tamaños de sensor más grandes: APS-C, APS-H y paso universal. (también conocido como FF, siglas en inglés de fotograma completo), mientras que los visores electrónicos han resultado patéticos hasta hace bien poco y la pantalla LCD trasera es poco práctica a plena luz del día y exige mantener la cámara separada del cuerpo, una posición inadecuada para fotografiar. Sin embargo, heredados del mundo del vídeo, han aparecido visores electrónicos de una calidad sorprendente y de un tamaño tal que rivalizan con los visores ópticos de las cámaras baratas, o equipadas con sensores más pequeños. Dada la evolución pasada, los visores electrónicos futuros no harán más que mejorar espectacularmente.

La tercera es la inmediatez de la visión directa frente a la imagen electrónica. Un visor electrónico muestra la realidad en clave de pasado ya que introduce un breve retraso, el que se necesita para extraer la información del sensor y procesarla. Puede que sea un retardo breve, medido en milisegundos, pero suficiente para arruinar fotos en especialidades como la foto deportiva o de naturaleza.

Puestos a predecir el futuro, creo que la industria fotográfica ha cruzado el punto de no retorno y ha condenado las réflex a la fosa común del tiempo, del olvido y de las páginas web de cámaras “históricas”. Caerán primero las réflex baratas, mar tarde las destinadas al aficionado exigente y, al final, las profesionales.


Es un cambio imparable.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Ver fotos, pensar fotos.

Hablemos de dos de los defectos más comunes que afectan a los fotógrafos aficionados.

¿Vemos suficientes fotos? No. En plena madurez de Internet, no tenemos excusa. Antes, ver fotografía de calidad era caro y difícil. Había que recurrir al limitado caudal de exposiciones (de calidad, la basura siempre abunda) de tu ciudad, o los caros libros de fotografía. El que no tenía dinero o vivía alejado de una gran ciudad, lo tenía complicado.

Pero hoy no: Internet ha democratizado muchas cosas, entre ellas el conocimiento de la obra de muchos fotógrafos. Basta dedicar cinco minutos al Todopoderoso Buscador para acabar ante buenos ejemplos de cualquiera de nuestros fotógrafos favoritos.

¿Y por qué pararse en lo ya conocido? No cuesta nada aventurarse en la búsqueda de nuevos nombres: el caudal de obra gráfica que llega a la red es muy grande. Mira páginas de referencia, lee opiniones de otros en diarios y páginas dedicadas a la fotografía. Seguro que descubres grandes fotos de autores desconocidos. Ver buenas fotografías es un excelente alimento para la creatividad del fotógrafo.

Pero no basta con abonar el suelo creativo con imágenes; hay que hacerlas crecer. Un excelente ejercicio para curarnos del mal de la instantánea es pensar la fotografía. Consiste en imaginar el resultado y manipular la escena de modo activo para obtener la imagen deseada.

Hay muchas formas de hacerlo: obtener un punto de vista diferente de un lugar conocido, esbozar en papel el resultado final, esperar la luz deseada en un paisaje, introducir objetos de manera deliberada en la escena, elegir la pose, el fondo o el atrezzo de un retrato... En definitiva, construir la imagen en nuestra imaginación, y trabajar para conseguirla. No sólo obtendrás mejores fotografías, descubrirás que hacerlo es todo un reto, lleva trabajo y da muchas satisfacciones (además de algún que otro desengaño)

miércoles, 20 de noviembre de 2013

¡Qué alegría!

Una de mis fotos ha resultado ganadora del I Concurso Fotográfico Ruta dels Ibers València, Fotoibers 2013, organizado por el Museo de Prehistoria de la Diputación de Valencia.

Mi enhorabuena a todos los fotógrafos seleccionados (cuyas obras formarán parte de la exposición que se inaugurará el próximo mes) y, en especial, a Emilio Rubio, ganador del segundo premio.

2013 ha sido un buen año en cuanto a concursos; en mayo gané el III concurso fotográfico organizado por la hermandad de María Santísima de las Angustias, perteneciente a la Semana Santa Marinera de Valencia. Mi foto ilustrará la portada del libro de la hermandad correspondiente a la Semana Santa del próximo año.

También en este mes gané el concurso para socios de la AVFD "Fallas 2013"

Lo dicho, una gran alegría.