sábado, 28 de enero de 2017

Un recuerdo perturbador

El jueves pasado me desperté en la cama de la sala de observación de las urgencias de un hospital. Serían las siete de la tarde y apenas tenía recuerdos de ese día, ninguno fuera de ese lugar. El resto del día había desaparecido y, de momento, sigue igual.

Una caída de la bici con traumatismo craneal leve (gracias al casco, la cosa no fue a más) es la responsable de ese periodo de amnesia que, seguramente, nunca recuperaré. Por la noche, ya en casa y bastante dolorido, trasteando con el móvil veo con sorpresa unas fotos de ese mismo día, por la mañana, unas horas antes de la caída, en la que aparezco en un descanso con los compañeros de ruta en la típica foto de hemos-estado-allí, destinada a ser compartida en una red social y olvidada al instante.



Siempre he valorado al importancia de la fotografía como herramienta para guardar la pequeña e íntima historia de nuestra vida: los lugares y las personas que nos rodean y dan sentido temporal y espacial a nuestra existencia. Creo que son un excelente atizador de las brasas de nuestros recuerdos. Sin embargo, nunca me había visto reflejado en un momento tan cercano como si fuese un completo extraño. sin saber que hice, dije o pensé en aquel momento y en aquel lugar. ¡Qué recuerdo perturbador! No sé si alguna vez volverá a mi memoria lo pasado en esas horas, si ese que me mira desde la fotografía dejará de ser una parte de mí algo extraña e inquietante. Otra dimensión de la fotografía en la que no solemos reparar hasta que se dan las circunstancias precisas.