15/07/2019

Manual del buen directivo

Aprovechando que estamos en verano, un divertimento sobre el buen liderazgo en el mundo laboral que circulaba por Internet hace siete años... Desgraciadamente desconozco el autor, así que no puedo acreditarlo.

  • Deslidere, que es lo que se lleva. Ya somos todos mayorcitos y cuando se contrata a alguien, este debe contar con que él solito hará equipo, se motivará y sabrá en todo momento lo que debe hacer. Autosuficiencia, que para eso recibe un sueldo a fin de mes, de modo que nada de hablar con él, explicarle nada, ni estar atento a sus talentos. Con que haga siempre e inmediatamente lo que usted le diga, incluso cuando una orden contradiga a la anterior, todo irá sobre ruedas. Y si alguien pide a gritos un poco de liderazgo, habrá que atarle en corto, no sea que nos salga débil, o lo que es peor ¡líder!
  • Desinnove y que arriesguen otros. Lo que ha funcionado siempre es lo que funcionará… siempre. De modo que para qué estrujarse la cabeza y sobre todo, tomar riesgos. Además, innovar requeriría formarse. No hay tiempo para todo eso, lo importante es hacer caja y dejarse de pamplinas. Que inventen otros y si funciona, lo copiamos y a correr.
  • No mire hacia los lados, ni por supuesto hacia arriba o hacia abajo: mire de frente, como las mulas. Esa especie animal arrastra una fama inmerecida; al fin y al cabo, su terquedad es una virtud, ya que le permite alcanzar siempre su objetivo, aunque eso suponga caerse de vez en cuando por algún barranco, o quedarse sin piernas. Hay que seguir el camino trazado y no desviarse, ni distraerse con otros posibles modos de hacer las cosas o señales equívocas, seguramente emitidas por algún descarriado o por la competencia. Nada, ni caso, si así se ha hecho siempre, por algo será.
  • No escuche segundas opiniones ni contraste pareceres. Usted ya sabe de sobra cómo se hace todo y por supuesto es consciente de que es el resto quien está equivocado.
  • No se comunique, es una pérdida de tiempo. A buen entendedor pocas palabras bastan, de modo que deje que todos adivinen siempre lo que quiere, de hecho, ya deberían saberlo. Además, a fuerza de hablar se desgastan las palabras y se genera confianza, que es lo último que necesita ya que daría pie a los demás a expresar ideas sin importancia que no le aportarán nada. Escuchar es una pérdida de tiempo, sobre todo cuando se sabe que se está en posesión de la verdad absoluta. Ah, y que tampoco hablen entre ellos, no vayan a perder tiempo.
  • Si surgen imprevistos, busque un culpable y lo encontrará. Las cosas son como son, de modo que para qué adaptarse o ser flexibles. Dicte sus normas y procesos y no los cambie jamás. Y si aún así, choca con una realidad no acorde a las mismas, que cambie la realidad o directamente vaya pensando en cambiar a unas personas por otras, al fin y al cabo ya sabe desde el principio que el mundo está lleno de inútiles y esos, y no usted, son quienes bloquean las situaciones. Y no hay excusas que valgan.
  • Desmotive, que es siempre más rentable, y hasta más divertido. Además, cómo si no íbamos a descubrir quién es realmente fiel a nosotros y a nuestros principios. Mantenga siempre la tensión, de modo que cada cual ocupe su puesto y se exprima para mantenerlo, y la competencia, pues en la lucha descarnada se obtienen los mejores botines. Nunca tenga una palabra de agradecimiento, o reconocimiento, por una parte no se premia lo que es debido y por otra, se evitará transmitir señales de debilidad. Y los débiles son los otros, ya se sabe.
  • Atemorice a sus equipos, en el miedo está el poder para hacerles más productivos. No se permita gestos de confianza o acercamiento, cada cual debe ocupar su lugar y cumplir con sus funciones. Estamos aquí para trabajar, no para hacer amigos. Si el miedo se huele en el ambiente, es que hay buen caldo.
  • No se organice ni organice a los demás. Producir, producir, producir; es de lo que se trata, no importa cómo ni cuándo sino cuánto ¡Más madera! Que cada cual encuentre su lugar y cumpla su cometido para que la producción crezca, y si alguien falla, se le sustituye sin problema. Será por gente, con la que está cayendo.
  • ¿Quién se inventó esa historia de la felicidad en el trabajo? Eso son pamplinas, “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, ya lo dicen las Sagradas Escrituras. Si el trabajo diera la felicidad, no sería trabajo y por lo tanto no sería productivo ni generaría riqueza. Ya serán felices cuando perciban su sueldo a fin de mes; mientras tanto, a trabajar.
  • Al enemigo, puente de plata. Haga suya cada día la sabia amenaza de “y al que no le guste, ahí tiene la puerta”. Son los demás los que tienen que hacerlo todo para complacerle, al fin y al cabo, es usted quien les dirige, le necesitan y harán lo que sea oportuno para retenerle. Porque claro, ¿qué harían ellos sin usted? Pobrecitos, si se lo deben todo. Por eso, aunque la puerta está abierta, no se irán ¿dónde van a estar mejor que aquí?
  • Y finalmente, sea realista, todo va siempre a peor, de modo que no se distraiga ni deje que nadie pierda el tiempo con formalismos y amabilidades. El futuro es siempre negro, lo es ahora, pero también lo era antes, y lo será mañana. De modo que haga acopio de todo y no regale nunca nada, podría necesitarlo en breve. Además, los demás están siempre al acecho para quitárselo todo. Desconfíe, están observándole, le envidian, le persiguen…

14/07/2019

La gran depresión, la tormenta de polvo y la madre migrante.


Dicen que la historia la escriben los vencedores. ¿Pero qué ocurre cuando todos pierden, cuando nadie sale victorioso y, aún así, hay que escribirla? Merece la pena que visitemos la pequeña y miserable historia de una grandísima fotografía, pilar del fotoperiodismo e icono cultural de Estados Unidos, y por obra y gracia de su influencia y su dominio de la cultura global, de la humanidad.

Tumba de Florence Owens Thompson (Jay Lance, 2015)
En el mes de marzo de 1936 Florence Owens Thompson, Jim Hill (su pareja desde hacía dos años) y sus hijos se detuvieron por casualidad en un campamento de temporeros que recolectaban guisantes en las afueras de Nipomo, California. Una avería en la cadena de distribución de su coche les obligó a interrumpir su viaje hacia un nuevo trabajo en los campos de Pajaro Valley. Se sorprendieron al ver que en el improvisado campamento había mas de 3.500 personas. En el transcurso de la reparación se perforó el radiador, que dos de sus hijos llevaron a Nipomo para soldarlo y continuar con su viaje. En esta obligada pausa apareció la fotógrafa Dorothea Lange, que trabajaba para el gobierno federal documentando a los afectados por el desastre medioambiental de las grandes praderas, conocido como el cuenco de polvo (Dust Bowl), atraída por el tosco cartel del campamento. Hizo seis fotografías de Florence y sus hijos con su cámara Graflex serie D y se fue sin siquiera conocer el nombre de la mujer fotografiada. Una de las fotografías pasó a la historia con el nombre de "Madre migrante", no sólo por la impresión que causó sino por la inmensa desgracia que hacía aflorar, al punto de convertirse en el icono de la gran depresión.

Pero ni Florens Owens era víctima directa de la gran depresión ni había sido expulsada de la grandes praderas por el desastre del cuenco de polvo, a diferencia de la mayoría de los ocupantes del campamento improvisado en el que fue fotografiada. La versión de Dorothea Lange es muy distinta de la sostenida por Florens y su familia: según Dorothea estaban muertos de hambre y tuvieron que vender los neumáticos de su coche para sobrevivir. Residentes en California desde hacía una década, Florens y su familia eran temporeros, en camino a un nuevo trabajo de recolección. Eran pobres, pero no estaban hambrientos ni desesperados ¿Por qué Dorothea Lange, que trabajaba en la documentación de este colectivo a cargo del gobierno, dio una versión tan discutida por los protagonistas?


Dorothea Lange (Rondal Partridge, 1936)
Dotada de un fino olfato para la autopromoción, Dorothea envió las fotos a un periódico de San Francisco. Sabía que tenía un tesoro en sus negativos. Y así fue; el resto es historia. Errónea y manipulada, pero así es la historia: en parte realidad, en parte ficción creada por sus narradores.

Es curioso y trágico, a partes iguales, que la historia de la gran depresión, de la que esta foto es iconografía, haya enterrado la del cuenco de polvo, uno de los mayores desastres ecológicos del siglo XX. Fue su causa la sobreexplotación agrícola de las grandes praderas en los años 30, gracias a la aparición de los tractores mecánicos que araban más y más profundo para aflorar la tierra húmeda y fértil. Bastó un largo periodo de sequía (pero no inusual en este territorio) para desencadenar el desastre. Las grandes tormentas de polvo que diezmaron el suelo cultivable, junto a la migración forzosa de tres millones y medio de habitantes de la zona afectada, son sus dos grandes señas de identidad.

Al coincidir con la gran depresión, el cuenco de polvo se ha quedado sin lugar en la mente colectiva de la sociedad moderna y su lección medioambiental condenada al olvido. Por contra, de la gran depresión surgieron lecciones valiosas sobre economía política que siguen aplicándose en la actualidad. En gran medida, por la difusión de una sola imagen que poco tiene que ver con ambos sucesos. ¡Qué ironía!


Madre migrante (Dotothea Lange, 1936)