domingo, 14 de julio de 2019

La gran depresión, la tormenta de polvo y la madre migrante.


Dicen que la historia la escriben los vencedores. ¿Pero qué ocurre cuando todos pierden, cuando nadie sale victorioso y, aún así, hay que escribirla? Merece la pena que visitemos la pequeña y miserable historia de una grandísima fotografía, pilar del fotoperiodismo e icono cultural de Estados Unidos, y por obra y gracia de su influencia y su dominio de la cultura global, de la humanidad.

Tumba de Florence Owens Thompson (Jay Lance, 2015)
En el mes de marzo de 1936 Florence Owens Thompson, Jim Hill (su pareja desde hacía dos años) y sus hijos se detuvieron por casualidad en un campamento de temporeros que recolectaban guisantes en las afueras de Nipomo, California. Una avería en la cadena de distribución de su coche les obligó a interrumpir su viaje hacia un nuevo trabajo en los campos de Pajaro Valley. Se sorprendieron al ver que en el improvisado campamento había mas de 3.500 personas. En el transcurso de la reparación se perforó el radiador, que dos de sus hijos llevaron a Nipomo para soldarlo y continuar con su viaje. En esta obligada pausa apareció la fotógrafa Dorothea Lange, que trabajaba para el gobierno federal documentando a los afectados por el desastre medioambiental de las grandes praderas, conocido como el cuenco de polvo (Dust Bowl), atraída por el tosco cartel del campamento. Hizo seis fotografías de Florence y sus hijos con su cámara Graflex serie D y se fue sin siquiera conocer el nombre de la mujer fotografiada. Una de las fotografías pasó a la historia con el nombre de "Madre migrante", no sólo por la impresión que causó sino por la inmensa desgracia que hacía aflorar, al punto de convertirse en el icono de la gran depresión.

Pero ni Florens Owens era víctima directa de la gran depresión ni había sido expulsada de la grandes praderas por el desastre del cuenco de polvo, a diferencia de la mayoría de los ocupantes del campamento improvisado en el que fue fotografiada. La versión de Dorothea Lange es muy distinta de la sostenida por Florens y su familia: según Dorothea estaban muertos de hambre y tuvieron que vender los neumáticos de su coche para sobrevivir. Residentes en California desde hacía una década, Florens y su familia eran temporeros, en camino a un nuevo trabajo de recolección. Eran pobres, pero no estaban hambrientos ni desesperados ¿Por qué Dorothea Lange, que trabajaba en la documentación de este colectivo a cargo del gobierno, dio una versión tan discutida por los protagonistas?


Dorothea Lange (Rondal Partridge, 1936)
Dotada de un fino olfato para la autopromoción, Dorothea envió las fotos a un periódico de San Francisco. Sabía que tenía un tesoro en sus negativos. Y así fue; el resto es historia. Errónea y manipulada, pero así es la historia: en parte realidad, en parte ficción creada por sus narradores.

Es curioso y trágico, a partes iguales, que la historia de la gran depresión, de la que esta foto es iconografía, haya enterrado la del cuenco de polvo, uno de los mayores desastres ecológicos del siglo XX. Fue su causa la sobreexplotación agrícola de las grandes praderas en los años 30, gracias a la aparición de los tractores mecánicos que araban más y más profundo para aflorar la tierra húmeda y fértil. Bastó un largo periodo de sequía (pero no inusual en este territorio) para desencadenar el desastre. Las grandes tormentas de polvo que diezmaron el suelo cultivable, junto a la migración forzosa de tres millones y medio de habitantes de la zona afectada, son sus dos grandes señas de identidad.

Al coincidir con la gran depresión, el cuenco de polvo se ha quedado sin lugar en la mente colectiva de la sociedad moderna y su lección medioambiental condenada al olvido. Por contra, de la gran depresión surgieron lecciones valiosas sobre economía política que siguen aplicándose en la actualidad. En gran medida, por la difusión de una sola imagen que poco tiene que ver con ambos sucesos. ¡Qué ironía!


Madre migrante (Dotothea Lange, 1936)






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