lunes, 27 de enero de 2014

Adiós a las réflex

Nota: este artículo lo empecé a escribir a finales de 2011, pero quedó inacabado porque no tenía muy clara la conclusión. Hoy, con todas las dudas despejadas, me animo a publicarlo.

Las grandes revoluciones no se deben a sucesos puntuales, catastróficos, sino a poderosas fuerzas soterradas y duraderas. Nuestra incapacidad para mirar debajo de la superficie de la realidad nos hace ciegos para adivinar cuándo y cómo sucederá el siguiente gran cataclismo.

Este diagnóstico se puede aplicar a muchos aspectos de nuestra vida social. El campo de la evolución tecnológica y su impacto en la sociedad es uno de ellos. Esta introducción viene a cuento al aplicarse a una de las vacas sagradas de la fotografía, uno de esos conceptos, aparentemente inmutables, que han presidido la tecnología fotográfica durante medio siglo: el sistema réflex.

Dotado de una complejidad nada despreciable, su refinamiento ha llegado a tales niveles que ni siquiera el cambio de la emulsión fotosensible por los fotodiodos de los sensores digitales ha alterado en nada su posición superpredadora en la cadena trófica de la calidad fotográfica. Si quieres la mejor foto –técnicamente hablando- tienes que recurrir al sistema réflex.

¿De verdad? ¿Nada ha cambiado para que, allá por 1995, la digitalización de la fotografía no supusiese la semilla de su destronamiento? Cierto es que el torrente de cámaras digitales compactas tomó el mercado al asalto, hiriendo mortalmente a la película, cuyo consumo mayoritario se producía en pequeñas y sencillas cámaras, incluso desechables. Aburridas, también. Los nuevos cacharritos, con su inmediatez concretada en la visión de las fotos recién tomadas en su sencilla pero cuca pantallita, revolucionaron este segmento, el más popular de la fotografía.

Y, sin embargo, las réflex seguían a lo suyo, siendo el santuario de la fotografía seria, tanto para aficionados como para profesionales. Tan inexpugnable era su fortaleza que permanecieron ajenas al cambio de soporte hasta el comienzo del siglo XXI. Y cuando se digitalizaron, lo hicieron siguiendo el camino más fácil, cambiando lo menos posible. El espejo traslúcido (con su correspondiente subespejo trasero) y los tres caminos ópticos que alimentan al visor, al sensor y al sistema de enfoque por detección de fase permanecieron, ajenos a lo que había cambiado. Sólo debieron reducir su tamaño para ajustarse a un nuevo formato, más pequeño que el omnipresente paso universal. El visor óptico y la proximidad de la cámara al rostro configuraban la mejor de las formas de fotografiar, sobre todo en exteriores, que es donde más se ejerce la fotografía.

Así las cosas, en los últimos siete años hemos asistido a una estabilización de la tecnología digital aplicada a la fotografía, con segmentos de mercado estables y bien servidos por unos productos relativamente maduros que han practicado el baile del descenso de precios para regocijo de los compradores. La pirámide del mercado fotográfico empieza por los teléfonos móviles y sus bloques óptico-digitales, compuestos de un objetivo de focal fija con capacidad de enfoque y un sensor acoplado. Una parte del software del teléfono es todo lo que se necesita para que éste pueda tomar imágenes fijas y vídeo, compartiendo los resultados con el resto del mundo a través de las redes inalámbricas, gratuitas o de pago.

El siguiente escalón, bastante aburrido y comprimido entre el anterior y el siguiente, lo forman cámaras compactas que intentan atraer la atención del usuario con todo tipo de extravagancias que les haga merecedoras de un lugar entre la creciente colección de cacharros que quieren acompañarnos allá donde vamos: grandes pantallas táctiles, objetivos zoom de rangos focales imposibles, sistemas de protección que aguanten situaciones extremas de temperatura y presión, haciendo a las cámaras casi indestructibles, geolocalizadores para ubicar las fotos en el territorio... Y todo metido en volúmenes cada vez más pequeños, porque la comodidad de transporte es el factor clave de su atractivo, es su argumento supremo de venta.

Y en la cúspide de la pirámide el Dios Réflex mira con displicencia a los demás, confiado en su poderío, jugando a su antojo con los formatos del sensor (hasta cinco diferentes, si no se mira más allá del paso universal) y construyendo sólidos ejércitos de objetivos, flashes y accesorios. Hasta tal punto que nunca antes se habían vendido tantas cámaras réflex como ahora. Un ejemplo paradigmático de cambio tecnológico que mantiene y refuerza el statu quo existente: “Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi”, celebérrima cita del Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: aceptar, promover y conducir la revolución para perpetuarse. ¿Fin de la historia?

No. Debajo del romance de vino y rosas entre el sistema réflex y la digitalización de la imagen, un poderoso río de lava subterránea está socavando su supremacía, haciendo más y más fino el sustrato de suelo en el que se apoya, hasta que se rompa y llegue su extinción. ¿No me crees? Sigue leyendo.

No es todo felicidad en el mundo de las cámaras réflex. La llegada del vídeo se ha aceptado a regañadientes en este tipo de cámaras. ¿Por qué? Pues porque, de las dos posiciones que puede adoptar el sistema –espejo bajado o espejo subido- la segunda es molesta y sólo se adopta durante breves lapsos de tiempo, para hacer la foto. La inteligencia del sistema se muestra con el espejo bajado. Así es como el fotógrafo compone y la cámara mide la luz y enfoca. Todo está decidido de antemano cuando se levanta el espejo y el obturador de cortinillas verticales se acciona. Con el espejo levantado, la cámara réflex es, admitámoslo con franqueza, tonta. Desgraciadamente el vídeo exige trabajar en esta posición, así que no es de extrañar la incomodidad de los sumos sacerdotes del sistema réflex cuando tuvieron que incorporar el vídeo, con resultados, al principio, no exentos de problemas: enfoque por contraste excesivamente lento (cualquier compacta le da sopas con honda), calentamiento excesivo del sensor, tiempos limitados de grabación, etc.

Al mismo tiempo, un pequeño grupo de cámaras compactas resistía los embates de la banalización por presiones del mercado y procuraban extraer la máxima calidad posible de los pequeños sensores que son imprescindibles para mantener su tamaño. Con la llegada de sensores con menos densidad de elementos fotosensibles, mayor superficie de captación de la luz (como en los sensores CMOS retroiluminados) y electrónica de tratamiento de la señal más y más refinada, sólo quedaba dotarlos de objetivos zoom luminosos y contenidos en su rango focal para dar una calidad de imagen más que aceptable. Notable, en algunos casos. Así nacieron cámaras que han alcanzado categoría mítica, como la Panasonic LX3, la Canon S90/S95 o la serie  Olympus XZ. No llegan, ni de lejos, a las cumbres de calidad y versatilidad de una cámara réflex, pero demostraron que hay vida más allá. Que se pueden diseñar y construir cámaras fotográficas basadas en un concepto radical con un nivel de calidad que atraiga y satisfaga al aficionado experto, al apasionado por la fotografía.

Simultáneamente se producía un fracaso que se iba a convertir en semilla de un éxito. Cosas de la dinámica empresarial del libre mercado: Olympus y Panasonic apostaron su alto de gama a un sistema réflex que dejó indiferentes a los usuarios: el Cuatro Tercios. Total, sólo aportaba una promesa de compatibilidad absoluta que luego no se cumplió del todo, mientras que imponía un formato de sensor más pequeño que el dominante APS-C y, por tanto, una menor calidad de imagen.

Lejos de amilanarse y echar la toalla, el sistema renació bajo el concepto de una cámara compacta sin visor óptico y con objetivos intercambiables, rebautizado como micro Cuatro Tercios. Aunque con cámaras más grandes e incluso con formas similares a las réflex, su corazón tecnológico es un pura sangre compacto. Los modelos se han sucedido y una sana competencia –no complaciente, sino activa- ha refinado los productos y ha puesto de manifiesto que es posible hacer cámaras sin apenas elementos móviles, más fáciles de fabricar, ajustar y reparar. El éxito ha sido tal que todos los fabricantes quieren tener una cámara similar, aunque no cumpla con el estándar micro Cuatro Tercios; ha nacido un nuevo segmento, sin denominación en español (salvo el horroroso término “sin espejo”) y que goza de un divertido acrónimo en inglés: EVIL (malvado), siglas de Electronic Viewfinder, Interchangeable Lenses.

Por otro lado, los fabricantes que quedan fuera del duopolio réflex “Canikon” se han echado al monte y no dejan concepto alguno de la categoría EVIL sin llenarlo de nuevos modelos de cámaras, cuasi experimentales, a ver si encuentran una fisura para sacar tajada erosionando el mercado réflex. Hay tipos de cámaras para aburrir: con objetivos fijos luminosos de focal fija, con forma de telemétricas, con forma de réflex (imitando hasta la forma externa del pentaprisma), con sensores grandes… y cualquier combinación que se te pueda ocurrir.

Tres murallas defienden el castillo donde habita el sistema réflex de las hordas que quieren destronarlo. La primera: la velocidad del sistema de enfoque: el sistema óptico de detección de fase es rápido, muy rápido, siendo el único que garantiza un seguimiento preciso de los sujetos móviles. Por contra, el sistema empleado en las compactas es puramente electrónico y trabaja por detección de contraste sobre la imagen generada por el sensor. Es éste un concepto clave: al trabajar sobre una imagen electrónica, se introduce un ligero retraso que puede resultar fatal allí donde la inmediatez es primordial, como ocurre al intentar enfocar a sujetos en movimiento. El estado del arte nos muestra que la diferencia en velocidad de ambos sistemas de enfoque es casi nula para sujetos estáticos, y todavía grande para sujetos móviles.

La respuesta de las EVIL ha sido doble: por un lado, refinando los algoritmos de enfoque y procesando cada vez más rápido los datos extraídos del sensor. Por otro, introduciendo en el sensor píxeles que emulan los existentes en los sistemas de detección de fase, permitiendo este modo de enfoque. No se sabe cuándo llegarán al nivel de prestaciones de enfoque de las réflex, pero en ello están.

La segunda es la calidad de la imagen mostrada en el visor. El visor óptico de las réflex aprovecha décadas de desarrollo y de mejoras en su calidad, lo que garantiza imágenes precisas, nítidas y amplias, al menos con los tamaños de sensor más grandes: APS-C, APS-H y paso universal. (también conocido como FF, siglas en inglés de fotograma completo), mientras que los visores electrónicos han resultado patéticos hasta hace bien poco y la pantalla LCD trasera es poco práctica a plena luz del día y exige mantener la cámara separada del cuerpo, una posición inadecuada para fotografiar. Sin embargo, heredados del mundo del vídeo, han aparecido visores electrónicos de una calidad sorprendente y de un tamaño tal que rivalizan con los visores ópticos de las cámaras baratas, o equipadas con sensores más pequeños. Dada la evolución pasada, los visores electrónicos futuros no harán más que mejorar espectacularmente.

La tercera es la inmediatez de la visión directa frente a la imagen electrónica. Un visor electrónico muestra la realidad en clave de pasado ya que introduce un breve retraso, el que se necesita para extraer la información del sensor y procesarla. Puede que sea un retardo breve, medido en milisegundos, pero suficiente para arruinar fotos en especialidades como la foto deportiva o de naturaleza.

Puestos a predecir el futuro, creo que la industria fotográfica ha cruzado el punto de no retorno y ha condenado las réflex a la fosa común del tiempo, del olvido y de las páginas web de cámaras “históricas”. Caerán primero las réflex baratas, mar tarde las destinadas al aficionado exigente y, al final, las profesionales.


Es un cambio imparable.

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